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Montaje fotográfico decorativo. Ondas formadas por el vino
Las Denominaciones de Origen Españolas
logotipo de la denominación de origen

D.O. Arribes

http://www.doarribes.es
Dirección:
Arribes del Duero 1 – 37175 – Pereña de la Ribera (Salamanca)
Email:
info@doarribes.es
Teléfono:
923 57 34 13

Descripción e Historia:

Historia de la D.O.: 

En 1988 se realizan los primeros contactos con la Administración para obtener la Denominación de Origen. Habría que esperar diez años, hasta el 24 de septiembre de 1998, para que fuesra otorgado el calificativo Vino de la Tierra de Arribes del Duero. Esta Asociación, tras años de esfuerzo, unificaba así dos zonas de tradición vitivinícola localizadas entre Zamora y Salamanca, y vinculadas geográficamente por el recorrido fluvial del magnánimo Duero. El 27 de julio de 2007 se obtiene la Denominación de Origen Arribes. Este marchamo de calidad viene a reconocer la tradición vitivinícola de la comarca, y ello supone la valoración de variedades autóctonas minoritarias y la reactivación de una zona cuya población sigue manteniendo la ilusión por el cultivo de esos viñedos arraigados en bancales, legado histórico de sus antepasados.

Localización y aprovechamientos agrícolas históricos

Al hablar del clima de Arribes del Duero, conviene primero situar el entorno climático multiprovincial (Zamora ySalamanca) en el que se encuentra, relacionándolo a la vez con el clima general de la Meseta del Duero, para así, poder situar perfectamente este microclima arribeño, de parámetros tan singularizados. Los rasgos climáticos de Arribes del Duero son muy característicos, y constituyen uno de los principales criterios definidores de este espacio, donde el clima presenta notables diferencias respecto al del resto de la región. El régimen pluviométrico es relativamente elevado, cuyo índice anual se sitúa por encima de los 700 mm; debidos a la localización de esta comarca en el extremo más occidental de la Cuenca del Duero. A su vez el relieve determina grandes diferencias térmicas. De manera que en la penillanura el régimen térmico es semejante al del resto de la cuenca, con inviernos fríos y largos; veranos cortos y calurosos; mientras en los valles de los ríos, el arribe o las arribas, se alcanzan temperaturas considerablemente elevadas, que superan en unos 5º C, a las de la penillanura; resultando los inviernos más cortos, y por el contrario los veranos se prolongan más. En los encajados cañones, no se conocen las heladas y la temperatura media de enero es de unos 9º C; siendo la de agosto de unos 26º C. Lo que posibilita el surgimiento de un paisaje agrario claramente diferenciado, que ha permitido un desarrollo más seguro y estable del viñedo; en un espacio caracterizado en términos generales, por sus grandes desniveles y abundantes laderas, sin llegar a constituir una zona montañosa propiamente dicha. Las condiciones climáticas durante el periodo de reposo invernal de la vid no son determinantes, por lo que los inviernos algo más suaves en la comarca no añaden ninguna ventaja; en tanto que si lo hace durante la primavera, momento que aquí se manifiesta más tempranamente, favoreciendo a la vid, ya que recibe a tiempo un buen nivel de lluvias que la planta aprovecha conveniente tras una poda temprana (poda larga o prepoda). Los drenajes del suelo son convenientes y muy adecuados, tanto por la inclinación del terreno como por las obras de canalización para evacuar ordenadamente los excedentes hídricos, diseñadas desde antiguo. La incidencia de las heladas está muy amortiguada por la configuración orográfica de la comarca, y las heladas tardías son casi desconocidas. Una vez descrito y valorado el clima arribeño, y teniendo en cuenta que la vid lleva milenios en la zona, se puede concluir que este espacio agrario responde plenamente y en las mejores condiciones posibles a las exigencias de la viña, que además, como se sabe tiene una gran capacidad de adaptación a diferentes ecosistemas, pero, que es en un clima de características mediterráneas, como las definidas, donde el viñedo encuentra realmente condiciones inmejorables para desarrollar perfectamente su ciclo vegetativo. Por lo que este cultivo debe ser apoyado e incentivado, y más teniendo en cuenta que las alternativas al viñedo son prácticamente nulas.

Suelos

Podemos comenzar por enunciar el suelo natural, como la formación de estructura dúctil y espesor variable, que resulta de manera natural de la transformación de la roca madre subyacente, bajo la influencia de diversos factores físicos, químicos y biológicos, sin intervención del hombre. El tipo de suelo evidentemente depende de la roca madre, pero sobre todo de la naturaleza de las transformaciones que ésta sufre, muy variable según las condiciones climáticas y la vegetación. En Arribes del Duero, la roca madre desde un punto de vista geológico forma parte del Zócalo Paleozoico o Macizo Antiguo, constituido en este caso por rocas ígneas (graníticas), como materiales mayoritarios, aunque también existen rocas sedimentarias metamorfizadas, principalmente pizarras. Esta circunstancia de partida, unida a lo accidentado del relieve, con pendientes comprendidas entre el 10 y el 30 %, con montículos de laderas muy variables, que en algunos lugares llegan a ser muy pronunciadas, hace que el suelo sea la consecuencia de ostensibles y acusados rasgos del efecto de la erosión; por lo que se encuentran suelos de cierta variación; aunque en general de poco fondo, unos 30 centímetros de media, sobrepasando en algo esta medida cuando se asientan sobre pizarras. Cuando se habla de pizarras en esta comarca, realmente se trata de una especie de granito laminar de carácter muy deleznable, que se presenta en estratos inclinados, que retienen y regulan muy bien la humedad, por lo que sobre estos suelos se pueden alcanzar profundidades y espesores muchas veces superiores a los dos metros, vegetando muy bien sobre ellos la vid y otras plantas leñosas. El suelo que vamos a llamar agrícola, es el resultante de la transformación que del suelo natural hace el hombre, mediante la aplicación de técnicas de laboreo. Pero las raíces a menudo penetran por debajo de la capa laborable trabajada, a una profundidad de varios metros, y esas zonas profundas intervienen también en la producción agrícola, y muy fundamentalmente en la vitícola. Pero para el aprovechamiento de estos suelos, en las laderas y valles de los ríos de este espacio, de relieve a veces excesivo, con pendientes muy pronunciadas que, en algunos casos se aproximan a la verticalidad ha sido previamente necesario el gran esfuerzo de construir bancales (que aquí llaman paredones), para poder retener en ellos unos suelos de textura limo-arenosa, a veces con intervalos franco-limosos, de abundante pedregosidad.

Podemos comenzar por enunciar el suelo natural, como la formación de estructura dúctil y espesor variable, que resulta de manera natural de la transformación de la roca madre subyacente, bajo la influencia de diversos factores físicos, químicos y biológicos, sin intervención del hombre. El tipo de suelo evidentemente depende de la roca madre, pero sobre todo de la naturaleza de las transformaciones que ésta sufre, muy variable según las condiciones climáticas y la vegetación. En Arribes del Duero, la roca madre desde un punto de vista geológico forma parte del Zócalo Paleozoico o Macizo Antiguo, constituido en este caso por rocas ígneas (graníticas), como materiales mayoritarios, aunque también existen rocas sedimentarias metamorfizadas, principalmente pizarras. Esta circunstancia de partida, unida a lo accidentado del relieve, con pendientes comprendidas entre el 10 y el 30 %, con montículos de laderas muy variables, que en algunos lugares llegan a ser muy pronunciadas, hace que el suelo sea la consecuencia de ostensibles y acusados rasgos del efecto de la erosión; por lo que se encuentran suelos de cierta variación; aunque en general de poco fondo, unos 30 centímetros de media, sobrepasando en algo esta medida cuando se asientan sobre pizarras. Cuando se habla de pizarras en esta comarca, realmente se trata de una especie de granito laminar de carácter muy deleznable, que se presenta en estratos inclinados, que retienen y regulan muy bien la humedad, por lo que sobre estos suelos se pueden alcanzar profundidades y espesores muchas veces superiores a los dos metros, vegetando muy bien sobre ellos la vid y otras plantas leñosas. El suelo que vamos a llamar agrícola, es el resultante de la transformación que del suelo natural hace el hombre, mediante la aplicación de técnicas de laboreo. Pero las raíces a menudo penetran por debajo de la capa laborable trabajada, a una profundidad de varios metros, y esas zonas profundas intervienen también en la producción agrícola, y muy fundamentalmente en la vitícola. Pero para el aprovechamiento de estos suelos, en las laderas y valles de los ríos de este espacio, de relieve a veces excesivo, con pendientes muy pronunciadas que, en algunos casos se aproximan a la verticalidad ha sido previamente necesario el gran esfuerzo de construir bancales (que aquí llaman paredones), para poder retener en ellos unos suelos de textura limo-arenosa, a veces con intervalos franco-limosos, de abundante pedregosidad. Por lo común estos suelos ofrecen un aspecto o coloración pardo-amarillo claro. Químicamente son terrenos pobres en cal, y de naturaleza ácida con un pH, que oscila entre un 5 y 6. El componente en materia orgánica es escaso (de un 1.5 a un 3%). Estos suelos son también pobres en elementos y oligoelementos esenciales, aunque una vez subsanados resultan idóneos para el aprovechamiento agrícola de estas partes del terrazgo, sobre el que se encuentran plantados viñedos, olivos y frutales, contribuyendo además con la penetración de sus raíces en el suelo y subsuelo a la contención de las laderas. Puede afirmarse que son una solución a estos suelos raquíticos y en pendiente, que difícilmente pueden servir para otra cosa; aunque en la actualidad buena parte de estos campos, sobre todo los de accesos más complicados están total o parcialmente abandonados. Así pues los materiales mayoritarios de estos suelos tanto en el arribe como en la penillanura, son producto de la descomposición de las rocas graníticas, aunque también existen importantes franjas con descomposición de rocas metamórficas y sedimentarias metamorfizadas, junto con algunos depósitos detríticos del cuaternario, arenas y arcillas, formados precisamente por la alteración de las rocas graníticas y de otros tipos constituyentes de la unidad.

Variedades y Vinos:

Tintos

Elaborados con las variedades Juan García, Rufete, Tempranillo, Garnacha Tinta, Mencía y Bruñal, con un mínimo del 60% de las variedades Juan García, Rufete y/o Tempranillo.

Presentan un color rojo púrpura, bien cubierto, limpio y brillante.

Su fase olfativa destaca la limpidez de aromas y con un importante potencial aromático a frutos del bosque (mora, grosella) y frutas de hueso (ciruela) en sazón, y una compleja gama de mermeladas, cueros y regalices con un elegante fondo mineral y balsámico.

De boca amplia, con gran estructura y cuerpo, buena acidez y final delicado y persistente.

Tintos crianza, reserva y gran reserva

Los vinos de CRIANZA estarán envejecidos con las técnicas adecuadas, por un periodo no inferior a dos años naturales, contados a partir de 1 de noviembre del año de la vendimia, de los cuales 6 meses como mínimo lo serán en barricas de roble con capacidad máxima de 330 litros y edad inferior a 8 años. Los vinos de RESERVA estarán envejecidos tres años naturales, de los cuales 1 año como mínimo en barricas de roble y 2 años en botella. Los vinos de GRAN RESERVA estarán envejecidos cinco años, de los cuales han de permanecer en barrica 24 meses y 36 meses en botella. Con colores guinda y matices propios del envejecimiento. En nariz se caracterizan por ser limpios en aromas a frutas del bosque, recuerdos especiados, con una perfecta conjunción de fruta y madera. Tienen un perfecto equilibrio entre los toques balsámicos y las notas minerales. Secos en boca, untuosos, de largo retrogusto y equilibrados en acidez. Elegantes con un intenso fondo mineral.

Rosados

Elaborados a partir de las variedades: Juan García, Rufete, Tempranillo, Garnacha Tinta, Mencía, Bruñal, Malvasía, Verdejo y Albillo, con un mínimo del 60 % de las variedades Juan García, Rufete y/o Tempranillo. Los vinos rosados presentan un intenso color rosa fresa, limpios y brillantes. En nariz descubrimos intensos aromas frutales, bayas y frutas del bosque. Buena estructura en boca y equilibrada relación acidez-alcohol. Final delicado y persistente.

Blancos

Elaborados con las variedades Malvasía, Verdejo y Albillo, con un mínimo del 60% de Malvasía. Son vinos brillantes, de color paja con matices verdosos.

En la fase olfativa tienen intensidad aromática alta, de frutas exóticas, acompañadas de notas cítricas. Aparecen recuerdos florales y algo de tomillo, hinojo y paja mojada.

En boca serán secos, de acidez equilibrada y cierto amargor que les confiere persistencia.

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